2017: el año I después de Chuck Berry Po

2017: el año I después de Chuck Berry
Por Emilio de Gorgot
En una ocasión, durante los prolegómenos de un concierto, Keith Richards vio la funda de la guitarra de Chuck Berry sobre una mesa del camerino. La funda estaba abierta, y dentro de ella una reluciente e hipnótica visión: el arma de trabajo de su mayor ídolo. El de los Rolling Stones se dijo «venga, va, solo un poquito» y osó cogerla para tocar un poco; puro fetichismo, el puro placer de hacer sonar unas notas en las mismas cuerdas que él. En ese momento, el estadounidense entró en el camerino, se dirigió a Richards, le arrebató el instrumento y después le pegó un puñetazo en la cara: «¡Nadie toca mi guitarra!». Keith contaría después, con británica sorna, que aquel fue «uno de los mayores hits de Chuck Berry». La anécdota es una de tantas que ilustra el estatus que Chuck Berry tenía entre músicos tan famosos como él, que lo trataban con reverencia y una adoración infantil. Nadie estaba autorizado a manosear su guitarra. Menos todavía a él; aún recuerdo, porque la vi con mis propios ojos, la reacción amenazante que tuvo cuando un miembro del público se atrevió a tocarle un hombro amistosamente mientras Chuck interpretaba «Sweet Little Sixteen» —a veces invitaba a chicas de la audiencia para que bailasen en el escenario, pero aprovechando el descontrol también se subían varones—, y faltó poco para que el incauto sujeto se llevase otro puñetazo. La expresión de súbito terror del fan se me quedó grabada; Chuck Berry puede no parecer muy imponente en fotografías o filmaciones, pero medía casi uno noventa y su mueca de ferocidad resultaba de lo más convincente, pueden creerlo.
En las últimas horas habrán leído o escuchado varias citas célebres en las que por ejemplo John Lennon describía a su ídolo con términos casi religiosos. Tampoco hace falta recordar ya que Angus Young se ha pasado la vida haciendo el «paso del pato» de Berry; que Pete Townshend también lo hacía de vez en cuando en sus directos; que los Kinks incluyeron no una sino dos versiones de Berry en su primer disco; que los Rolling Stones y los Beatles se pasaron años tocando canciones de Berry; que Led Zeppelin tocaban «Around and Around» y Jimi Hendrix «Johnny B. Goode»; que los Beach Boys plagiaron «Sweet Little Sixteen» sin darse cuenta. Hasta Elvis Presley quiso publicar varios temas de Berry a lo largo de su carrera: grabó su versión de «Memphis, Tennessee» en 1963, «Too Much Monkey Business» en 1968, «Promised Land» en 1973; además, interpretó en directo «Johnny B. Goode», «Maybellene» y «Brown-Eyed Handsome Man». Podría seguir y seguir, hay cientos de ejemplos. Cuando repasamos la historia del rock entre 1955 y 1975, la influencia de Chuck Berry está en todas partes.
Todo esto es un hecho, nadie en su sano juicio lo discute. Chuck Berry no inventó el rock & roll, como mucha gente parece creer, porque en realidad nadie inventó el rock & roll. Era una música que ya estaba ahí, con otros nombres, en una versión menos afilada, cuando se desencadenó la fiebre rockera a mediados de los cincuenta. Pero también fue en aquella época cuando esa música empezó a tomar una nueva forma hasta convertirse en un estilo con características propias, por fin diferenciado de lo anterior, y Chuck Berry fue uno de los arquitectos principales de esa transformación. Mientras algunos pioneros del rock & roll se mantuvieron fieles a la tradición —Fats Domino, por ejemplo, personificaba el rhythm & blues y el boogie woogie característicos de Louisiana—, otros aportaron cosas novedosas, que sonaban como recién salidas del horno. Bill Haley mezcló ese rhythm & blues con toques vaqueros. Elvis Presley popularizó el rockabilly, una mezcla del rhythm & blues negro y la música hillbilly («de paletos»), más cercana al country. Little Richard y Jerry Lee Lewis aportaron un nuevo nivel de intensidad, de agresividad, hasta entonces desconocido. Eddie Cochran y los Everly Brothers inventaron nuevas estructuras de canciones, más basadas en los power chords (golpes secos de guitarra, por llamarlos de otra manera) que anticipaban futuras ramificaciones en el mundo del rock. Bo Diddley legó aquel característico ritmo sincopado que llamaba «el ritmo de la jungla». Hasta Roy Orbison, al que hoy identificamos más con las baladas dramáticas que con ninguna otra cosa, practicaba una alegre música negroide recargada de armonías que se adelantaba por varios años a los Beatles (si no me creen, escuchen sus primeras versiones de «Almost Eighteen»). En los cincuenta, cada gran músico de rock tenía un modo único de hacer las cosas; se imitaban entre sí, como siempre han hecho los músicos en cualquier estilo, pero también estaban demasiado sumidos en una febril competición para crear the new big thing como para no terminar abriendo multitud de caminos revolucionarios prácticamente cada mes que pasaba. Carreras enteras entraron en erupción y cayeron en el olvido en cuestión de pocos años, a veces incluso menos; en ningún otro lugar o época la industria discográfica había experimentado un ritmo tan frenético como en la segunda mitad de los cincuenta. Los principales creadores permanecieron, o por lo menos sus nombres pasaron a la posteridad; muchos otros, los que iban a remolque, ya solo son recordados por estudiosos o coleccionistas empedernidos. Pues bien, entre los creadores, Chuck Berry fue el más decisivo.
Elvis Presley fue el hombre que, por encima de cualquier otro, le puso rostro y voz al movimiento; era demasiado carismático como para que no sucediera de ese modo. No emergió como un producto calculado —la comparación que a veces se hace de Elvis con ciertas estrellas de masas de la actualidad me parece irritante—, ni tampoco hizo falta fabricarlo; su presencia y su energía eran arrolladoras y en ese ámbito nadie, exceptuando a Little Richard y Jerry Lee, podía competir con él. Es injusto (y erróneo) cuando algunas versiones revisionistas pretenden reducir su papel al de mera cara bonita que «blanqueaba» el estilo; eso era más bien cosa de Pat Boone y similares, destinados a contentar a un público más conservador. Pero también es verdad que, con todo lo grande que Elvis era como intérprete, no escribía su propia música. Tocaba un poco el piano, un poco la guitarra, pero podemos decir sin miedo que no se le recuerda por eso. Sobre el escenario era sin duda el rockero perfecto, pero eran otros quienes escribían los ritmos, las estructuras, los fraseos de guitarra. Y ese campo, nadie ejercería una influencia tan grande como Chuck Berry. Esto quedó patente con la beatlemania y la British Invasion de principios de los sesenta, pero también en posteriores generaciones de artistas; raro era el músico que rock que no había tocado alguna vez canciones suyas. Supongo que incluso hoy debe de ser motivo de embarazo que un músico de rock no sepa tocar por lo menos «Johnny B. Goode».
¿Qué hizo de Chuck Berry alguien tan especial? Uno de sus mayores logros fue el de encontrar una fórmula para escribir temas con una estructura perfecta; «Johnny B. Goode» es el ejemplo más famoso, claro, pero ni mucho menos el único. Era una fórmula estrofa+estribillo que se basaba en un principio sencillo: hay que escribir una letra con diferentes características para cada parte, como se hacía en la música vaquera blanca. Él lo hacía así porque sus letras no estaban ahí solo para contar cosas, sino que eran como un instrumento más. Sus estrofas seguían una cadencia acelerada, muy influida por el country (su primer éxito, «Maybellene», era en realidad la relectura de una canción country, «Ida Rae»), en la que cantaba frases de cadencia silábica enrevesada. Los estribillos, en cambio, se componían de unas pocas palabras, muy fáciles de recordar: «Oh Maybellene, why can’t you be true», «Go, Johnny, go, go!», «Roll over Beethoven, rockin’ in two by two», cosas así.
No es que fuese una fórmula salida de la nada, esto ya lo hacían otros, pero no de manera tan deliberada y estudiada. Lo que distinguía a Chuck Berry era su habilidad para escribir textos con una cadencia perfecta, donde no pronunciaba una sola sílaba al azar. La propia «Johnny B. Goode», por ejemplo, es una muestra apabullante de esa habilidad. La letra contiene una narración colorida repleta de escenas muy vívidas, parece una película y es, literariamente hablando, un verdadero cuento; pero lo importante es que cada sílaba está en su sitio, cada palabra ha sido puesta ahí con la premeditación y precisión de un relojero. Ningún otro artista de los cincuenta tenía esa misma habilidad para convertir la letra en una maquinaria rítmica que, para colmo, ¡a veces contaba grandes historias! Otro maravilloso ejemplo es «Promised Land», que Berry escribió durante una de sus estancias en prisión (eh, ¡nadie ha dicho que fuese un ciudadano ejemplar!): fue a la biblioteca de la cárcel, pidió un atlas y consultó los mapas para describir un viaje a lo largo del país, el viaje que podría hacer cuando recuperase la libertad. La canción es poco más que un compendio geográfico —no contiene una historia tan literaria como la de «Johnny B. Goode»— pero, ¡qué ritmo! Cuando cualquier otro cantante alarga o acorta una vocal para que la palabra encaje en el ritmo, es algo que se nota; no es criticable, a veces la situación lo requiere, pero es forzado y se nota. Chuck Berry, en cambio, poseía la suprema habilidad de convencerte de que esa palabra tenía que estar ahí, esas mismas y no otras, y que alargar una vocal no era un truco sino era una inevitabilidad nacida de ciertas leyes físicas del habla, leyes que solamente él conocía. Si uno lo analiza, parece cosa de magia que fuese capaz de construir frases como «I straddled that Greyhound and rode him into Raleigh and on across Caroline», que contenían una musicalidad intrínseca tan abrumadora. Hasta cuando se come una sílaba de «Alabama» parece estar haciendo lo único correcto. Al oírlo, suena fácil, suena sencillo, suena natural… ahora intente usted hacer lo mismo. Con toda una canción.
Las estructuras de sus canciones, pues, eran un modelo a seguir. Y después, por descontado, estaba su guitarra. Chuck Berry no fue el primer guitar hero de la era eléctrica; ese honor le corresponde a Les Paul, que ya andaba haciendo virguerías a mediados de los cuarenta. Tampoco fue el primer guitar hero de la era del rock & roll; Danny Cedrone, guitarrista de Bill Haley & the Comets, vivió un breve momento de gloria póstuma gracias al famosísimo solo que grabó para «Rock Around the Clock», poco antes de su infortunada muerte cayendo por unas escaleras. Pero Cedrone provenía del country, como otros guitarristas famosos de aquel tiempo; también los había que se habían formado en el rhythm & blues o en el jazz. Cada uno de ellos adaptaba su estilo anterior a las canciones de rock & roll; pero sus solos eran eso, solos tomados de otros géneros y adaptados a la nueva corriente. Viejos fraseos tocados más deprisa, poco más. Chuck Berry fue, en este sentido, el primer verdadero guitarrista de rock. Podría decirse algo parecido de Cliff Gallup, que tocaba junto a Gene Vincent, pero Gallup se retiró casi por completo de la música en 1957, después de casarse y tener un hijo. Y Gallup nunca despertó un culto tan extendido, aunque tiene algunos fans célebres; Jeff Beck siempre estuvo obsesionado con él y grabó un álbum entero destinado a repetir sus solos (porque, según Beck, ¡no estaban a volumen suficiente en las canciones originales!).
Lo que Berry hizo —y algo en lo que ni siquiera Gallup estuvo al mismo nivel— fue inventar riffs, fraseos característicos, instantáneamente reconocibles, que jugaban un importantísimo papel como preludios o intermedios de sus composiciones, con los que fabricaba solos cuya intención era no interrumpir la cadencia que sus letras daban a las canciones. Sus guitarras eran cortantes, percusivas, afiladas; justo lo que el nuevo estilo necesitaba, y no aquellos otros solos que parecían un tanto postizos porque venían de otros lugares. Otros músicos contemporáneos consiguieron el mismo efecto, pero con otros instrumentos; los solos de piano de Little Richard o Jerry Lee Lewis, o los volcánicos solos de saxofón en las canciones del propio Richard, por ejemplo. Fue Berry el primero en introducir esa inmediatez en la guitarra. Además, sus fraseos eran sencillos y fáciles de imitar para los miles de chavales que, de repente, estaban intentando aprender a tocar en medio mundo. Aún hoy, buena parte de los guitarristas eléctricos del planeta continúan utilizando constantemente recursos y expresiones que Chuck Berry creó en los cincuenta. Sus solos eran y han seguido siendo el abecedario, el vocabulario básico por el que los guitarristas de rock tienen que pasar, sí o sí, si quieren que lo que tocan sea algo distinto al blues o al jazz. Individuos tan dispares como Jimi Hendrix, Eddie van Halen, Danny Gatton, Joe Satriani y muchos otros han usado aquellas técnicas de Berry en muchos momentos de sus propios solos; no digamos ya Keith Richards, cuyo estilo es prácticamente una prolongación indefinida del estilo de Berry, o Angus Young, que no puede tocar dos compases seguidos de un solo sin que le nazca un fraseo de Chuck. Valga la anécdota: no hace mucho detecté un fraseo cien por cien Chuck Berry en mitad de una canción de cierto cantante español de música ligera, durante un solo sin duda grabado por el guitarrista mercenario de turno. Sí, a tanto llega la cosa. Creo que el único guitarrista eléctrico con una capacidad universal de influencia comparable ha sido Jimi Hendrix, pero también él creció tocando fraseos de Chuck Berry; como todos, dejaba escapar guiños de vez en cuando. Piénsenlo de este modo: durante los cincuenta, la guitarra todavía no era el instrumento rockero por excelencia, o no más que el piano. Pero desde entonces ya no ha dejado de serlo; la guitarra eléctrica, como se suele decir, es la Excalibur del rock, y eso se debe a Chuck Berry. Nunca fue un virtuoso, ni tuvo una técnica espectacular, pero su inventiva y su intuición para crear frases perfectas en los momentos requeridos estaba a la par con lo que conseguía escribiendo sus textos.
Así pues, si pensamos en una canción rock ideal —como la que acaban de escuchar, o díganme, ¿cómo demonios se puede mejorar eso?— Chuck Berry aporta las estructuras, la cadencia rítmica de las letras, la urgencia de las melodías, y desde luego los detalles básicos de la guitarra. No, él no creó el rock & roll, pero sí fue lo más parecido que el rock & roll ha tenido a un padre que guiara su desarrollo, porque él reconoció sus elementos básicos y puso el debido énfasis en ellos. Es como hablar de las películas de John Ford y gente así; no inventaron el cine, pero ya no puede hacerse cine sin pensar en ellos. A quienes vinieron después no les quedó más remedio que imitarles, copiarles e inspirarse en su trabajo, conscientemente o no. Cuando John Lennon dijo que «si al rock & roll le cambiasen el nombre, deberían llamarlo Chuck Berry», no estaba exagerando, ni hablaba con gratuita pasión de fan. Resumió en una frase lo que todos los músicos de rock de su generación ya sabían, que Chuck Berry era la escuela, el currículum básico, el hombre que había proporcionado las herramientas imprescindibles. Simples, sí, y fáciles de usar, pero también insustituibles e inmejorables para que construir todo el kit. Poca gente crece con un piano o un saxofón en casa, pero casi cualquiera puede conseguirse una guitarra, por barata, cutre y chapucera que sea, y empezar a aprenderse el riff inicial de «Johnny B. Goode», aun sin tener ni idea de música. El rock es eso; no se enseña en los colegios (por desgracia) y dudo que en un conservatorio puedan resumir su esencia mediante tratados teóricos. La música rock es música popular en el sentido más estricto del término, y Chuck Berry es su principal apóstol, su principal filósofo, su primer y mejor enciclopedista de sonidos. Esto es lo que, en realidad, la frase de John Lennon está queriendo decir; que sin Chuck Berry no hubiesen existido unos Beatles, o quizá se hubiesen pasado la vida tocando skiffle en algún bar de mala muerte de Liverpool, porque no hubiesen tenido el armazón sobre el que construir todo su estilo. Apliquen eso a cualquier artista de rock.
La noticia de la muerte de Chuck Berry no era, desde luego, inesperada. Pero es la más simbólica que se ha producido en años. La era del rock acabó hace ya mucho, diría que a mitad de los noventa, pero siempre habrá chavales que escuchen fraseos de Chuck Berry —interpretados por él, o interpretados por otros— y pensarán: «Eh, esto parece fácil de tocar, y además mola». Ese fue siempre, insisto, el espíritu del rock & roll, al que llamamos por esa etiqueta pero que nunca dejó de ser una música folk como otra cualquiera, solo que no regional, sino universal, porque tocaba la fibra de gente de todas partes del mundo. Y Chuck Berry era el maestro, el profesor, el tutor, el tipo al que volver cuando hay una duda acerca de cómo debe hacerse. Desde hace meses ya vivíamos en un mundo sin Prince, sin Bowie, sin Lemmy y sin algunos otros, pero es que ahora vivimos en un mundo sin Chuck Berry. Y eso significa que ahora sí, definitivamente, somos todos huérfanos. El Sócrates, el Homero, el Einstein, el Shakespeare del rock & roll ha muerto. Que alguien traiga una bebida y brindemos todos en su honor.
tomado de: http://htl.li/7NOt30aa9Ek http://ow.ly/i/t3E26 http://ow.ly/i/t3E0F

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