Añoranza por Zumbado

zumbadoEl vacío que dejó Héctor Zumbado en el humor cubano hace veintiún años, cuando le rompieron el cráneo, permanece intacto. La sátira social perdió a su estrella, y sigue anhelando un sustituto de esa extirpe. Es el abismo que dejan los geniales.

Fue el líder indiscutido de los humoristas cubanos durante casi treinta años, hasta que perdió su capacidad expresiva por un golpe salvaje que le fracturó la cabeza y le hizo trizas la zona del lenguaje del cerebro, la temprana noche de un sábado de 1992.

Caminaba cerca de Coppelia, después de una tarde de tragos en el hotel Riviera. Aurora Benítez, entonces oficial del Ministerio del Interior y su vecina predilecta, que lo apoyó todo lo que pudo durante su proceso de recuperación, se topó con Zumbado aquel anochecer. “Venía casi dando tumbos. Recuerdo que bromeó con las estrellas de la charretera del oficial con el que yo andaba. ‘¡Vaya constelación!’, o algo así, soltó cuando nos detuvimos a saludarlo”.

Poco tiempo después, Zumbado yacía en una cama del hospital Calixto García, a tres manzanas de Coppelia. Un enfermero descubrió quién era y movilizó al hospital. Lo trasladaron al Ameijeiras, donde lo operaron. La contusión fue tan severa, que lo dejó sin vocabulario. Cuando regresó a casa, no hablaba. Ni siquiera balbuceaba. No podía articular palabras. Cuando despertó del coma, lo único que recordaba Zumbado de aquella noche era un golpe terrible que sintió en la cabeza.

Fue puesto en manos de una neuropsicóloga, quien le enseñó a decir mamá y papá y a contar del uno al 100. Enterada de su predilección por los boleros cubanos, la doctora iniciaba las sesiones cantándole esas piezas, y así logró que aprendiera a decir las primeras palabras y, de paso, a tararear y cantar, pero no pasó de ahí. Nunca pudo vencer un lenguaje recortado, dotado de palabras a medio decir, que solo llegaron a entender familiares y amigos íntimos. Tuvo que abandonar las páginas de la prensa escrita, desde donde había conquistado en tres décadas a miles de connacionales.

Un año después, en 1993, para un homenaje que le ofrecería el primer festival de humor Aquelarre, en el teatro Mella, Enrique del Risco escribió Plegaria a san Zumbado, que interpretó magistralmente Osvaldo Doimeadiós, entonces director de Salamanca, pese a que solo tuvo veinticuatro horas para aprendérsela y prepararla. Como ha contado Del Risco, convirtió a Zumbado en santo y lo responsabilizó de las calamidades del período especial, aquella crisis económica feroz que padecimos, y de la nostalgia por la década anterior. Fue tanto el éxito de la Plegaria…, que Salamanca siguió interpretándola y Carlos Ruiz de la Tejera la grabó en disco y para televisión.

En una de sus estrofas, la Plegaria… dice: “Oh, san Zumbado, santo patrón de los usuarios, tenaz castigador de administraiciones y/o catástrofes, escudo de los traspapelados en las envolventes aguas de la burocracia, ¡auxílianos en esta hora difícil!”.

De acuerdo con Del Risco, Zumbado fue “nuestro mejor humorista en estado puro: más desenvuelto y enjundioso que Eladio Secades y con menos pretensiones, pero más compacto y filoso que Miguel de Marcos”. Y sostiene que si alguien se le aproxima en eficacia cómica es el Pablo de la Torriente Brau de Las aventuras del soldado desconocido cubano.

Envuelto en una popularidad casi reverencial, conquistada con un humor irónico, sarcástico, penetrante, Zumbado acostumbró a sus  lectores a hurgar en revistas y diarios y a buscar sus libros hasta el último de sus ejemplares, para leer aquellas parrafadas hilarantes y profundas sobre el absurdo, el mal arte, la burocracia, la cursilería, la mediocridad, la televisión, la gastronomía. Era la apoteosis del humor magnífico.

El autor de El Guaguabol, descripción de un juego entre la Guagua y el Pasajero, era una especie de representante masivo de los cubanos ante la ineficiencia, la ineficacia, la cursilería, la ridiculez, los absurdos, la estulticia, los extremos, los oportunismos, los fanatismos.

Alguien que, al escribir, se imponía sacar una enseñanza hasta de lo más putrefacto. Por eso, en los años ochenta, en cualquier zona de Cuba, grupos de amigos y vecinos se reunían cada domingo a leer en colectivo las Limonadas o las Riflexiones de Zumbado, o sus notas en ¿La bobería?, de Bohemia, una sección que advertía: Una de cal y una de sal. Armarse de un público numeroso a lo largo de Cuba sin más recursos que su imaginación y creatividad en letra impresa es, cuando menos, una hazaña.

Humoristas como Carlos Ruiz de la Tejera  y Alejandro García, Virulo, deben a Zumbado parte de su prestigio y popularidad. Algunas de las piezas que identifican a Carlos Ruiz las escribió el Maestro, como El antipan, La guagua, Llanto por el cambio de turno, El tipo que creía en el sol. El Amor a primer añejo que interpreta Virulo es de Zumbado, quien, además, colaboró con el legendario –no el ron que tanto bebía– Conjunto Nacional de Espectáculos, que capitaneaba Virulo y en el que estuvieron, además, Carlos Ruiz de la Tejera, Octavio Fernández, Churrisco, y el chileno Jorge Guerra, entre otras estrellas de la escena humorística de entonces.

Después de veinte años de un silencio personal obligado, que ha sido cruel por el olvido editorial, Zumbado ha sido rescatado, por fin, en dos antologías: la primera, de la Editorial José Martí, elaborada por Antonio Berazaín –Bera, actor y escritor de humor, vicerrector del Instituto de Diseño Industrial–, titulada Zoom a Zumbado y aparecida el año pasado, agotada, por supuesto; la segunda –¡Aquí está H. Zumbado!–, de Letras Cubanas, preparada por Ana María Muñoz Bachs, mano derecha de Zumbado durante los casi dos años que duró ¿La bobería?, y colocada en librerías este año.  En los respectivos prólogos, Berazaín y Bachs diseccionan el humor de Zumbado como los cirujanos en los quirófanos, y concuerdan en que se trata de un creador excepcional.

Berazaín, incluso, brinda una serie de vocablos que inventó Zumbado y se convirtieron en una especie de jerga zumbanística: por ejemplo, ¡cañojorajo!, dinousuario, siglilandia, impercibido, simplejo, troquegrama, haracrítica, catayo, sinflictivo, guillefrenia, extráctasis, egorradio, churricultura, perplónito, snoboide, plomópodo, carelático, zumpleaños, zumbalambé.

dossier_05Durante los diez años siguientes a su muy probable paliza, Zumbado pugnó por volver a escribir como en sus años de gloria, como quien está renuente a creer en el fin de su carrera. El que lo visitaba recibía una hoja escrita con algo que había intentado redondear, y debía leerlo en voz alta, para reír juntos. Con su brillantez, estuvo a punto de lograr algún párrafo, y aun sin alcanzarlo, hacía reír a pesar de oraciones inconexas sin estructura lógica.

Era en los finales de la década de 1990 o principios de la de 2000. Aún fumaba y bebía. Se duchaba temprano, abría las ventanas de su claro apartamento y se ponía a emborronar cuartillas como cuando era el rey, como si no se resignara a la decadencia. Pero apenas eran esfuerzos titánicos de un hombre lúcido que necesitaba reconquistar la felicidad de sus días de éxito.

Luego de vivir a plena luz, H. Zumbado lleva veintiún años en la penumbra, resignado a ser la sombra de su pasado, a amar la soledad como a una compañía leal, en un apartamento que antes fue bullicio, algarabía, bohemia, refugio de gente que se reunía para celebrar una victoria mínima.

Sí, ha faltado más de veinte años. Nos lo perdimos, nada menos, que en los años noventa, ¡una década en que nos convertimos en magos para sobrevivir! ¿Cuánta joya habría escrito Zumbado entonces?

Ahora, cada vez que lamentamos que no está ahí, apuntando con su rifle a toda ¿la bobería? circundante, lo reverenciamos con ese deseo.

Y compensamos su ausencia con la certeza de que es un clásico vivo. Y, rara vez, un creador es clásico antes de morir.

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