La Ciencia y el biblista

Por Víctor Hugo Purón Fonseca

vhaylin@yahoo.es

Ensayo 2006 Inédito

Un error, un contrasentido, una confusión es considerar que la forma y el movimiento de los astros son un “asunto científico”. Los astros existen, en forma, movimiento y tiempo, al margen y con total desprendimiento de la ciencia, que es humana.

imagen de la tierra obtenida y distribuida por la nasaImagen

imagen de la tierra obtenida y distribuida por la nasa

Los conceptos que tiene el ser humano acerca del mundo pueden ser verdaderos o falsos. Cuando son confusos o equívocos –oscuros- suelen estar más cerca de la falsedad que de la verdad.

Lo que ha creído la gente a lo largo del tiempo sobre la forma y el movimiento astral es un buen ejemplo de esta incertidumbre.

La mayor o menor exactitud de los conceptos asumidos acerca de la geometría de un cuerpo cósmico y su relación espacial con otros, depende de su correspondencia con esa realidad objetiva. En ningún caso es la “opinión” del ser social al respecto la medida de precisión ni lo que ha determinado la certidumbre.

Los biblistas suelen cometer intencionadamente la confusión al hablar de los “asuntos científicos” como si fueran los hechos naturales. Así lo hace el redactor del libro La Biblia… ¿Palabra de Dios, o palabra de hombre?, publicado en 1989 por Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania, la editorial de la denominación conocida, comúnmente, como Testigos de Jehová, y que motiva estas líneas.Este biblista relativiza todo conocimiento, niega, como veremos, la verdad objetiva en función de la opinión: es subjetivista.

Continuando con las aparentes perogulladas es conveniente subrayar que lo que sí es asunto científico es el estudio, el descubrimiento, el conocimiento de ese orden natural que logra el ser humano como sociedad, en un proceso histórico inacabable que revela la naturaleza particular del ente y del lugar que este ocupa en el mundo y en la naturaleza.

Su elemento principal es el reflejo cognoscitivo (de contenido) de la realidad, el análisis objetivo de los hechos.

Un hecho social: la escritura

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El hecho incuestionable es que la escritura, entidad transmisora de mucho de ese conocimiento, apareció en el proceso de creación protagonizado por el ser humano como un resultado histórico-social.

Por supuesto, cuando la escritura surgió ya existían los astros, incluido el que llamamos nuestro porque en él se desarrollaron el hombre y la sociedad. El planeta tenía la forma suya y se movía como le era propio, en relación con los demás cuerpos similares en el espacio.

Ninguna escritura, ningún verbo, claro está, estableció primariamente ese orden cósmico. Ni explicar ese orden tiene que ser, ni puede, ni es propósito de la escritura, aunque sí concurre en el logro del resultado científico de explicarlo.

La escritura es una conquista propia del conocimiento humano. No precede a la condición, sino que la constituye; es un componente que la forma. El lenguaje escrito surge de la necesidad social, de esa naturaleza esencialmente social del ser humano, y lo hace en un proceso progresivo, acumulativo que hace transitar a la especie desde su condición animal a la de animal superior, ser humano.

Antes de escribir, el ser social empleaba el habla (lenguaje oral) para comunicarse. Hasta ese momento vivió lo que se suele llamar prehistoria. La actividad social más compleja generó la necesidad de la comunicación escrita (lenguaje escrito).

Como una prenda, como una pieza, como una tecnología la escritura “habla” por sí misma de su creador, de quien la hizo: el hombre-ser social. La escritura expresa la cualidad esencialmente distinta del ser social, en comparación con los demás seres que comparten su entorno.

La escritura –vale reiterarse- no es, no existe, no actúa principal y esencialmente para explicar o como una justificación de su creador y de su circunstancia, sino como una forma de manifestación que le es propia. Así, con la escritura, empieza la historia del ser humano.

Siempre la escritura proclama las necesidades humanas. Ella enuncia las condiciones materiales de la sociedad en que surge. No por gusto las más antiguas tablillas de arcilla con las primeras escrituras cuneiformes descubiertas en Mesopotamia contienen la contabilidad de los productos creados, entregados y almacenados.

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La escritura es asumida por el ser social como instrumento con que ejercer el poder de una clase dominante, ya descompuesta la primitiva comunidad sin clases. Por tratarse de una invención humana, la escritura se emplea socialmente y refleja esas circunstancias socioeconómicas del momento en que existe.

De este modo, la época comprendida por la escritura es toda la era social del conocimiento, una gran zancada del tiempo humano, no una unidad temporal simple, ni la tentativa de responder a por qué existe la necesidad de la escritura, antes que a lo demás.

El biblista de marras propone leer la Biblia como un texto explicativo tal y suficiente para todos los porqués, para todas las cosas del mundo, como realidad objetiva y del hombre, su lugar en él -el de cada uno y el de todos- y en la sociedad, incluida, por supuesto, la misma escritura.

Un enfoque de este tipo supone la absurda propuesta de que es un texto históricamente anterior a la escritura.

El biblista pretende que ese texto “lo que dice es totalmente exacto”. Asegura, pues, como si fuera conocimiento lo que no es ni puede ser más que suposición, pura convicción.

Job, Isaías, el biblista y yo

Ya vimos que el citado biblista es un jehovaísta. Otros biblistas de denominaciones distintas quizá estén en desacuerdo con él en ciertos detalles de la argumentación.

Los biblistas jehovaístas, sin embargo, acostumbran ser como los restantes: resisten las opiniones de los demás.

En general, todos usan el mismo método para “probar” la exactitud bíblica en relación con el “asunto científico” de la forma de la Tierra, como es el caso.

Unos y otros citan a Job 26:7 e Isaías 40:22. El primero se refiere a un “lugar vacío colgando la tierra sobre nada”. El segundo menciona el “círculo de la tierra”.

Ambas expresiones –incluso su contexto- resultan demasiado oscuras e inextricables para mí, lo admito. Pero, fijémonos, además, en que mencionan la “tierra” con letra inicial minúscula, señal de que ambos escritores se refieren al elemento que pisan nuestras plantas, no al astro propiamente dicho, cuyo nombre propio se escribiría con letra inicial mayúscula, al menos en lo que ha establecido la tradición en el idioma español.

Debe tomarse en cuenta que el nombre dado al cuerpo cósmico en que habitamos (Tierra) fue adjudicado a este planeta mucho, muchísimo tiempo después de la Biblia, y ya sabemos que lo mismo pudiera haberse llamado Aire que Agua, incluso con mayor propiedad, pues esos elementos componentes ocupan mayor espacio por sí mismos que la homónima y sólida tierra emergida, cuya denominación se extendió, a lo largo de la historia desde la noción que de ella tuvieron –y la que pudieron tener- los patriarcas bíblicos, a la de todo el cuerpo cósmico.

Sin embargo, muchos años después el biblista está persuadido de que Job e Isaías escribieron acerca del planeta Tierra: redonda, “cuelga sobre nada”, en “el lugar vacío”.

Es así como puede “ver” similaridad entre esas expresiones de los antiguos escribas judíos y la imagen fotográfica actual tomada por un artefacto humano en el espacio astronáutico de la “esfera terrestre flotando en el espacio vacío”, según las precisas, intencionadas y expresivas palabras de nuestro biblista contemporáneo.

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“Bajo” llama Carlos Marx al hombre que trata de adaptar la ciencia a un punto de vista “que es dictado por intereses ajenos y externos a ella”. (Según la cita de un filósofo cubano contemporáneo, de la página 125 del tomo 26 de las Obras de este clásico del pensamiento humano, en su edición moscovita en ruso).

El redactor biblista jehovaísta es, en ese estricto sentido de la etiqueta de Marx, un “hombre bajo”: sus intereses son completamente ajenos y externos a la ciencia.

La ciencia es menos pretenciosa y presumida que el biblista. El asunto científico –como hemos visto- fue, es y será indagar, penetrar más allá de las meras apariencias.

El ser humano conoció con su práctica y el empleo de su razón por qué parece que la tierra, el suelo, la superficie en que habita está sobre nada (¿y cómo puede estar realmente sobre nada?), y conoció incluso más de un por qué tiene apariencia circular a la mirada en derredor.

Para Job, como para cualquier neófito acientifizado, la tierra, el elemento sobre el que se sostiene está a ojos vista sobre nada; está, y ya. Para advertirlo, además, no hace falta ciencia alguna.

Por otra parte, el biblista no especula en sus argumentos a qué se refiere Job cuando expresa: “el norte sobre el lugar vacío”. Yo, por mi parte, reconozco que tampoco puedo hacerlo, pues mi poca ciencia es inepta para emplearse en desentrañar textos abstrusos como éste.

Por ejemplo –y lanzo la pregunta a los cuatro vientos-, ¿cómo es posible un punto cardinal (el norte) sobre algo?

También es elemental el “círculo” de Isaías. Ninguna imagen resulta tan incontrovertible desde el más sencillo hasta el más complejo observador que la circularidad del horizonte alrededor de quien observa.

Un círculo es lo que la vista ve en el contorno de si mismo horizontalmente. Pero un círculo es, además, si la significación de la escritura se distingue por su precisión, una palabra que designa esa cosa y sólo esa: una figura plana alrededor de un punto, “área o superficie plana contenida dentro de una circunferencia”, según la definición más actual, en su primera y principal acepción para el término, que reconoce el Diccionario de la Real Academia Española. No es, por lo tanto, una bola, que tiene volumen, es tridimensional.

Un círculo –plano- tiene dos dimensiones; la Tierra, el planeta, tiene tres, como cualquier esfera u otra figura volumétrica.

Cuando la escritura dice círculo no dice esfera, ni puede pretenderse que se entienda una cosa por la otra.

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Ni Job ni Isaías tenían esos conocimientos, porque éstos no eran entonces todavía una necesidad social de su momento histórico. Hoy sí lo son, y el biblista lo sabe o debería saberlo.

Job, Isaías, el biblista, yo…, todos, la sociedad empleamos conocimientos asentados sobre conocimientos previos.

Hoy, el biblista y yo sabemos por ciencia y conciencia que vivimos en un planeta, etcétera. No lo sabían los patriarcas, su conocimiento previo era relativamente elemental, sensorial, respondía a una sensoriedad primaria y primitiva, menor en comparación con nuestros actuales comunes saberes científicos.

Para ellos, “tierra” (obsérvese de nuevo la minúscula inicial) es el carapacho inmediato con forma ostensiblemente circular que se sostiene sobre sí misma. Nada dicen, porque nada saben del planeta Tierra, del que nosotros sabemos.

El biblista aplica conocimientos previos sobre planeta a un texto cuyo contenido nada tiene que ver con esto.

El biblista y yo, seres sociales, tenemos permitido saber por conocimiento previo que, incluso, el planeta no es siquiera tampoco tan esférico, sino una bola ahuevada, achatada por los lados contrarios y abultada en la parte media.

¿De qué exactitud del texto hebraico habla entonces el biblista en los campos científicos? ¿Qué lealtad por la verdad asume, por ejemplo, cuando, tras interpretar tan simple, voluntariosa y literalmente a Job e Isaías, confiesa más adelante, refiriéndose a otro pasaje de la Biblia sobre el movimiento aparente de los astros: “Ese texto no tiene nada que ver con el movimiento relativo de la Tierra ni del Sol”?

Resulta que el biblista jehovaísta es tan mañosamente literalista del texto como lo fueron los biblistas católicos que condenaron acusándolo de antibíblico a Galileo Galilei, cuando éste dio a conocer su descubrimiento de que la Tierra giraba alrededor del Sol.

En realidad, los biblistas de cualquier denominación quisieran conseguir lo imposible: que la Biblia diga más de lo que dice. Como no pueden, hacen lo que el jehovaísta: niegan lo que sí dice, por una parte, y asumen lo que les conviene doctrinalmente, por la otra.En ambos casos, dan la espalda a la verdad.

Precisamente en el asunto definitorio de creación-evolución, que tanta inquietud le produce, el biblista se apura más en dejar sentado que la Biblia no es un texto científico. Por supuesto que no lo es.

Sin embargo, no puede dejar de asegurar que “enseña que cada gran división de las formas de vida fue una creación especial y se reproduce solo ´según su género´. Y que el hombre fue creado ´del polvo del suelo´ (Génesis 1:21; 2:7)”.Esta interpretación es cerradamente literalista de la creación, sin más argumentos.

En contraposición, el biblista asume una desmenuzada y sistemática puesta en tela de juicio de la teoría de la evolución. Es decir, se introduce en un asunto científico, y hace patente la incompatibilidad de su (la) religión con la ciencia.

Su falta de argumentos para negarla muestra que el biblista, efectivamente, nada tiene que decir en el campo de la evolución, sino bombardear sus áreas aún desconocidas pasando por alto las evidencias.

 

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El autor, por supuesto, no puede –so pena de admitir la indemostrabilidad del creacionismo- mostrar la verdad científica descubierta de la evolución. Se dedica, pues, a negarla, refutar una teoría científica coincidente con el hecho natural, y a afirmar sin ninguna demostración la “creación”, basándose solo en lo que, según sus propias palabras, “enseña” un texto que, admite, “no es un texto científico”.

Es comprensible la alarma, desasosiego e inseguridad del biblista ante el hecho de que la ciencia descubra la evolución de las especies. Él mismo puede comprender que el hecho natural y el hecho social del conocimiento del mismo tienen el mismo carácter de realidad objetiva.

Lo que sí no comprende –o se niega a hacerlo a como dé lugar- es que el carácter objetivo de la evolución y su conocimiento, como los de la esfericidad aproximada y el movimiento de la Tierra existen, pero no con el propósito irrelevante de probar que la Biblia está equivocada, sino por sí mismos, con la dureza implacable de los hechos consumados.

En todo caso, es el biblista quien necesita buscar y “hallar” en el texto apariencias de fundamento para reorganizar su cosmovisión ante cada avance del conocimiento verdadero.

De este modo, el texto debe seguirle proporcionando respuestas elementales a su concepción literalista, creacionista y reaccionaria.

La verdad confirmada

Las preguntas y las respuestas científicas, por el contrario, son complejas, arduas, rigurosas, y cada descubrimiento, por muy grandioso y definitivo que parezca, es un sencillo nuevo punto de partida en la carrera interminable del conocimiento.

Los argumentos científicos no son autosuficientes, sino sólo suficientes. Ni la evolución ni la creación, ni la certeza ni el error de la Biblia necesitan ser probados por la ciencia. Es suficiente que esta sea verdadera, que los conocimientos que aporta tengan correlación de correspondencia con el objeto como imagen de su reflejo.

La verdad revelada por la ciencia es resultado de un develamiento progresivo, acumulativo, ascendente, interminable. Nunca se proclama como irreversible, contrario a como lo hace la fe. Asume y rechaza teorías e hipótesis, con las que está continuamente escribiendo y rescribiendo su propia historia. Es, como describió cierto autor contemporáneo, “un proceso dialéctico -no rectilíneo- de tránsito de la ignorancia al saber”.

En cualquier caso, el ser social ejerce con la ciencia su iniciativa y actividad, amplía sus conocimientos y transforma el mundo, lo cual es signo del poder de su razón analítica.

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He ahí por qué son incompatibles el saber y la religión, la ciencia y la fe. Lo descubierto niega dialécticamente –no lo rechaza ni repudia- lo misterioso, críptico y oculto propuesto para siempre por un texto.

El biblista manipula el conocimiento previo para confirmar su propia fe y remite esta al texto ya caracterizado por sus limitaciones. Desprecia la razón analítica que iluminan la ciencia y el saber. Asume fideísticamente el conocimiento como simple confirmación o negación del literalismo de la religión basada en el texto bíblico.

Sólo de este modo puede entender él y proponer que se entienda a estas alturas de la historia humana un “vacío colgando la tierra sobre nada” como un planeta y un “círculo” como una esfera, globo o pelota sideral.

La ciencia ni puede, ni prefiere, ni pretende ofrecer una verdad absoluta, pues cualquier conocimiento puede ser relativo.

Eso sí: el conocimiento resulta fidedigno porque se corresponde con la realidad objetiva y se comprueba con experimentos y con la lógica. La verdad constituye el valor más alto de la ciencia, su razón de ser, su finalidad histórica, ocupa el centro mismo de su ideal, y tiene, por lo tanto un contenido ético-moral.

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Independiente de la conciencia del biblista existen los hechos de que la Tierra es de una forma más o menos globular y de que las especies evolucionan. No importa si él lo sabe o lo ignora, si lo asume o lo rechaza.

También existe objetivamente el asunto científico de su conocimiento como hecho social. No importa que el biblista tergiverse la geometría, tratando de hacer pasar las figuras planas como volumétricas, ni a la vida como una creación divina, para rendirle culto a un texto.

Los hechos naturales o sociales y su explicación científica no los crearon un texto de contenido impreciso y caprichosamente interpretado por ciertos lectores exégetas, donde se cuelga el suelo sobre nada y se alude a la circularidad que la vista aprecia horizontalmente alrededor.

Esos hechos los crearon la naturaleza y la sociedad. El biblista –ser social- “sabe” la forma y el movimiento de la Tierra –ser natural- porque la ciencia lo comprobó experimentalmente auxiliada por el pensamiento analítico.

No fueron Job, Isaías u otro escritor bíblico quienes dijeron algo sobre esto, sencillamente porque no lo sabían.

Guantánamo, lunes 13 de noviembre de 2006

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2 pensamientos en “La Ciencia y el biblista

    • pues, la vida es así… no importa el tiempo que se haya pasado uno haciendo algo… lo importante es creer en que lo se hace es útil para alguien más que para uno mismo… y si es verdad que los comentarios pueden a veces halagar la vanidad del escribidor u otras levantar ronchas, tampoco es obligatorio que el mundo se pare a aplaudir o repudiar cuando pasa uno haciendo lo que debe… en ningún sentido lamento el post y me lo sigo celebrando y agradeciendo a los que comentan y a los que no si les sirve de algo, que es lo verdaderamente importante…

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