Del monstruo crítico a la belleza creadora

Por Víctor Hugo Purón Fonseca

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La crítica cultural puede acicalarse para disimular su estado de monstruo de Frankestein, pero aspira a ser digna de proclamar la buena noticia de la Belleza, como La Fama, que corona el Palacio Salcines, de Guantánamo.

Desde los primeros entrenamientos para darnos la patente de corso de la calificación universitaria en la especialidad y señalarnos los gajes de la profesión periodística, hace 35 años, los profes nos reponsabilizaron con la crítica como contenido.

Nuestra utilidad dependería mucho de cómo se percibiera socialmente esa misión profesional, en la función de ayudar a mejorar las cosas, nos enseñaron.

Escribo esto sólo amparado en la patente de corso de la que hablo, y en la generosidad de los que yo consiga llevar hasta el final de estas líneas.

Independientemente de lo cada quien entienda por crítica periodística, casi todo el mundo espera de ella que le sirva, en los medios de difusión masiva, para orientarse o al menos auxiliarsde en la búsqueda de la verdad.

También en este caso la verdad verdadera última está referida a la intervención del crítico en la conformación de los hábitos de opinión de la mayoría, para el caso acerca de los de consumo artístico cultural, específicamente del arte y la literatura.

Propongo, para simplificar, llamarla aquí crítica cultural.

Quiero especificar más: cuando digo medios estoy diciendo periódicos, prensa impresa, que es lo que conozco aproximadamente durante más de la mitad de mi vida.

También, quizás por esa misma familiaridad, es la letra impresa la que aprecio más por su fijeza y durabilidad.

Eso no quiere decir que esté ajeno a la seducción, muchas veces perversa, ejercida por el impacto indiscutible del juicio escuchado-visto desde el “vidrio”.

De cualquier modo, confío en la función orientadora de la críticia.

Aunque la opinión sobre el tema no sea la de un tribunal, uno espera siempre un dictamen concluyente de cómo se aprecia la salud con que anda entre nosotros la crítica, y qué hay que hacer para sacarla del salón de terapia intensiva.

Porque yo también estoy dispuesto a compartir el diagnóstico de grave con remisión del caso para un tratamiento radical, porque la inclinación extrema a la no complacencia es aconsejable para lograr superarse.

De hecho, casi siempre tenemos la certeza de que la crítica cultural -por no ser más generalizadores- está “fatal para el trasplante”.

Para complicar más las cosas, los periodistas -y no son pretextos míos- suelen pretender aproximarse al relato de la verdad como les corresponde: haciendo la reseña de la actividad de que se trate lo más objetivamente posible, sin cargar la mano en un sentido o en otro, o, en cualquier caso, señalando las bondades que apuntan hacia ese objetivo.

Si percibo personalmente lunares que afean la obra bella, al decir de José Martí, y me decido a señalarnos para equilibrar la verdad perseguida, digo mal si digo que me parece poco llevar la letra con pies de plomo.

A mí se me hace más fácil escribir a favor de que en contra de, aún sintiendo que soy fiel a mi honestidad en el afán de ser objetivamente equilibrado en el juicio, como me corresponde.

Nadie, creo, discutirá el deber periodístico de sintetizar, articular, darle continuidad en el discurso periodístico al discurso de la creación artística y literaria, partiendo del respeto, la dignidad, el dominio de los temas, la valentía y la sinceridad.

Lo otro -aunque dudo si no estaré diciendo más de lo mismo- que arde en las manos de quien pretende prestarle un buen servicio a la población desde la crítica cultural, es saber de qué está hablando.

Siempre es poco lo que se hace para atender mejor la temática, promover mayor dominio en el área estudiada con acciones de superación, socialización con otros colegas, escritores y artistas, intercambio con las fuentes que proveen la información necesaria y estímulo a los demás, y (de paso) a uno mismo.

El asunto de la cultura general y específica del periodista suele ser una espada de Damocles pendiendo siempre sobre el informador público, como crítico cultural en este caso.

Porque, ?sabe uno lo suficiente sobre el asunto escogido para criticar?

El riesgo permanente, siempre asediando, de equivocarse al decir no anda solo: lo acompaña el nivel de información con que uno cuenta y la relación que éste tiene y debe compartir con el del público, es decir el lector.

Lo más cuidadoso del caso es que entre los lectores está el artista y el escritor, a quien la crítica cultural se espera sirva, si no de alimento, al menos de revulsivo.

Para no inmovilizar la tecla ante el Word en blanco, uno tiene que creer con bastante seguridad que sabe de lo que está escribiendo y hacerlo decentemente, entendido esto como sinceridad y lo mejor dispuesto que pueda.

A mí me van como preferencias de lectura los escritos de crítica cultural que entiendo porque me informan y me permiten disfrutar mejores formas de expresión.

Pero, humanos al fin, corremos muchos riesgos en esto, tales como convertirnos en abrillantadores de nuestros propios ombligos, militar en una organización de elogios mutuos, según previno sagazmente el poeta guantanamero Regino E. Boti, hacer capilla de votos comprometidos para fabricar santos y demonios a nuestra conveniencia, especializarse en las peras del olmo y hasta perderse en la hojarasca de los marañones de la estancia, sin parar de contar disparates a los que uno se expone haciendo crítica cultural, como bien salen a relucir en las lecturas atentas.

(El párrafo anterior, si formara parte de una crítica cultural, es lo suficientemente pedante como para atemorizar a un creador sin sentido del humor)

Lo único que me propongo es provocar un diálogo mesurado, aunque esto ya va pareciendo un caótico recreo escolar.

Si guardan calma agregaré otras prevenciones personales sobre la crítica cultural.

Ya decía que uno no las tiene todas consigo al decidir qué criticar, aunque sencillamente algo se termina por criticar. Pero: ?estará en tiempo y forma, o será caprichoso y extemporáneo?

La obra que ahora criticamos y la forma en que lo hacemos, ?es lo que interesa y sirve al público (a los públicos), al lector, al artista, al escritor?

Para mejor o para peor, el periodista escoge y desde ya está ejerciendo el criterio sobre la obra artística o literaria: ha discriminado, ha expuesto su buen o mal juicio al distinguir esto sí, y de esta manera, de esto no, y porque no.

A partir de ahí el lector es arrastrado, con mejor o peor suerte, por el artículo de marras, o como se pueda llamar a esa joya o engendro.

En este caso, una vez más, con tal crítica habremos producido un discurso que es, como me enseño el profe Julio García Luis, una estructura compleja del lenguaje verbal o no verbal -verbal y no verbal- por medio de la cual se produce y reproduce un determinado sentido en un determinado contexto cultural, social e histórico”.

Siempre espero que la crítica cultural mía o ajena favorezca más a los beneficios que a los costos de la creación artística y literaria.

En definitiva, la crítica cultural no decide sino que forma parte del entramado de la creación. Creo que la percepción que se tenga de ella en determinado momento y circunstancia no significa por sí misma un diagnóstico, ni es causa o consecuencia del estado general del ambiente cultural del momento de que se trate.

Del mismo modo, aunque siempre hay una tensión osmótica entre la opinión pública y la opinión publicada, también los creadores se las apañan para prescindir de la falta o errabundez de la crítica cultural en un momento dado.

He notado que artistas y escritores habilitan sus propios nichos de apreciación para nutrirse en ellos, y producen su propio caldo de cultivo. Lo cual tampoco hace innecesaria la crítica, por supuesto.

Para decirlo a la manera de Bécquer, sin licencia poética: podrá no haber críticos, pero siempre habrá creadores.

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